viernes, 28 de agosto de 2015

dependència?

Curiosejant pels discs durs que tenia mig oblidats a algun calaix he trobat aquesta il·lustració que vaig fer ara fa uns 3 anys. Ja llavors em plantejava dubtes al voltant de la relació que mantenim amb els gossos, i he pensat que ja que el 20 de setembre parlarem sobre els efectes i conseqüències de la dependència en la relació entre humans i gossos, aquesta il·lustració pot ajudar-nos a visualitzar un problema des d'un altre punt de vista :)



martes, 25 de agosto de 2015

10000 gracias!

Para celebrar y agradecer que hemos sobrepasado las 10000 visitas me he propuesto escribir sobre algo muy básico y elemental. Algo que condiciona el día a día la vida de nuestros compañeros perrunos y, por lo tanto, también la nuestra.

Me refiero a lo que podemos interpretar como protección de recursos. Esos comportamientos, de mayor o menor intensidad, que los perros hacen en compañía de otros perros o de personas.

En función de la intensidad de estos comportamientos, la situación puede quedar en una anécdota pero también puede comportar consecuencias desagradables. Un perro que "protege" intensamente algo puede resultar peligroso para él mismo y para los que le rodean.

Creo que deberíamos pensar acerca de cómo y por qué un animal social que tiene las necesidades básicas cubiertas (entendamos como necesidades básicas comer y dormir), que no tiene que competir por sobrevivir, llega a arriesgar su integridad para proteger, por ejemplo, una pelota. Algo no estamos haciendo bien.

Para entender esto mejor me he dedicado a observarlo en casa. Luna y Rudy son dos perros adultos (aunque desconozco la edad exacta de Rudy) que conviven desde hace poco más de años. Ya eran adultos cuando se conocieron.
Luna había convivido como "perra única" en casa durante gran parte de su vida, y con 9 años le toca compartirlo todo con un desconocido. Rudy por su parte no puso problemas. Lejos de pretender, de imponer o de exigir, Rudy se limitó a respetar todo lo que Luna le decía. Y lo que Luna le decía, básicamente, se reducía a una cosa muy simple que yo llamo la "ley del uso". Esta ley, como su nombre indica, trata de definir un principio muy esencial en la convivencia: lo que estoy usando, es mío. Este principio se puede aplicar a casi todo lo imaginable: sofá, camas, cuenco de la comida, del agua, cojín, caricias de las personas, rincón favorito...

Pero pese a la claridad del principio, la magia se encuentra en los matices. Lejos de ser una norma rígida e inflexible, se trata de un concepto abstracto y muy variable. Para los que sigan convencidos de que hay que ser estrictos en la aplicación de las normas, siento decirles que es algo más complicado. No hay un criterio fijo. Se valoran muchas cosas, de las cuales muchas todavía se nos escapan, para aplicar la norma de manera más o menos intensa.


Luna, por ejemplo, utiliza esta "ley" cuando algún cachorro o algún perro joven le atosiga. Busca algún palito, alguna piedra o algún papel para utilizarlo como excusa. Entonces se tumba con las patas delanteras sobre el objeto elegido y se queda quieta. Así permanece hasta que el cachorro o el jovenzuelo encuentra otra distracción. Si la situación se repite, la intensidad del comportamiento de Luna aumentará, llegando a gruñir o a enseñar los dientes. Normalmente esto es suficiente para que hasta el cachorro más juguetón o el joven más activo entiendan el mensaje: "estoy ocupada, no quiero jugar contigo."


Con adultos plastas, el comportamiento de Luna es mucho más intenso desde el principio, y puede llegar a soltar algún ladrido y algún bocado al aire si es necesario, cosa que nunca ha hecho con cachorros.

En casa la aplicación de esta ley es algo distinta entre Luna y Rudy. Se trata de algo muy sutil. Tan sutil que la mayoría de veces ni me doy cuenta. Pero de las que puedo observar he aprendido mucho. Por ejemplo que es un principio que está por encima de ambos, es decir, que tanto el uno como la otra pueden utilizarlo.

Rudy permitió mucho al principio, dejaba que prácticamente todo "lo usara" Luna. Él usaba sólo lo imprescindible (cuenco del agua, de la comida y espacio para descansar). Poco a poco fue usando más cosas, más espacios. A su ritmo fue ganando confianza y Luna tampoco fue nunca muy intensa en sus comportamientos, cosa que le permitía avanzar e integrarse rápidamente. Yo sólo intervine una vez, al principio. Durante los primeros días, Luna quería usar los dos cuencos de comida simultáneamente, dándose la situación curiosa de comer un par de bocados en cada cuenco para después salir disparada hacia el otro antes de que Rudy pudiera comer. Rudy no parecía saber cómo parar a Luna y un día que no bastó que yo me interpusiera en el camino de Luna, decidí llamarle la atención a Luna con un "prou!" en un tono más serio de lo que nos hubiera gustado a los tres. La reacción de Luna fue instantánea, paró y se dirigió al plato que tenía más cerca para acabar de comer. Pero cuando miré a Rudy vi en su cara algo parecido a decepción. Entendí que me había excedido pero no sólo en el tono o en la forma, también excedí mis competencias. Entendí que eso era algo que le habría gustado resolver a él. Que probablemente ya estaba en ello, fuera cual fuera el proceso, pero que en ningún caso mi intervención formaba parte de sus planes.

De esta situación podemos sacar varias conclusiones. Y sirve también para ilustrar lo que venía hablando sobre la rigidez de las normas de convivencia. Esta norma tan sencilla (lo que estoy usando es mio) es de una complejidad enorme en su aplicación. En cambio, conceptos tan complicados de poner en práctica los aplican y resuelven con una destreza impresionante si se les da la oportunidad. Y quizá la lección que deberíamos intentar aprender no es tan simple, ni tampoco tan complicada. Porque la magia vuelve a surgir cuando te das cuenta que nosotros también llevamos integrados códigos que nos permiten relacionarnos y comunicarnos con ellos, que solamente hay que saber buscar dentro de uno mismo para dar con ellos, y que una vez encontrados, resulta muy difícil volver a perderlos.

Los humanos tendemos a simplificar mucho las cosas complicadas y a complicar las cosas simples. Gracias a los perros y a lo que nos enseñan desde la más pura humildad podemos dar la vuelta y devolver el sentido real de las cosas. 

miércoles, 22 de julio de 2015

La viga del ojo ajeno

Desde hace unas semanas recibo mails, veo imágenes y me llegan peticiones de firma de plataformas tipo change.org que tienen relación con un único tema: el asesinato de cientos, miles de perros que va a tener lugar en algun punto de la inmensa China y que según creo, forman parte de una especie de ritual para celebrar no se qué.

Bien, ante esto me asalta una duda, que plantearé al final de la entrada. Entre tanto, permitidme que exponga algunas reflexiones.

En primer lugar he de decir que soy completamente contrario al asesinato y a la tortura de ningún animal, sea donde sea. Aclarado esto me veo obligado a decir que no estoy informado sobre este tema en concreto. Es decir, no sé de qué va el supuesto ritual, ni el numero de perros sacrificados ni nada de eso. Pero esta entrada no va sobre eso. No me centraré en hablar de un caso concreto, sino que mi intención es utilizar ese caso como ejemplo de lo que quiero explicar.

Y es que no deja de sorprenderme la capacidad del ser humano para responsabilizarse y hacerse cargo de situaciones que, siendo más o menos "justas", ocurren a miles de kilómetros de distancia.

De forma habitual se abandonan y se maltratan animales muy cerca de nosotros. Pero eso no parece tan importante cuando aparecen casos tan grandes y tan mediáticos como el de China. Tenemos las perreras municipales (y refugios, casas de acogida, santuarios...) saturados de animales que esperan una oportunidad. Animales que han sido maltratados y/o abandonados sin que ello suponga problema alguno para nadie, excepto para los cientos de miles que se ven afectados (hablo de animales y de personas).

Cuando vi la cantidad de firmas que había recogido la mediática campaña del caso chino, primero me sorprendí agradablemente, y luego pensé que si una cuarta parte de la gente que se involucra en algo así lo hiciera también para cambiar algo de su entorno las cosas serian distintas. No hablo de que toda esa gente adoptara un animal. Me refiero a la capacidad que tenemos para intentar cambiar las cosas horribles que pasan a miles de kilómetros y a su vez permitir que al lado tuyo pasen cosas igualmente horribles y no mover una pestaña por cambiarlo.

Quizá si pensáramos más a menudo en lo pequeño lograríamos algún día llegar a cambiar lo grande. Pero sinceramente, me parece ridículo firmar para que no ocurra algo a diez mil kilómetros y no hacer nada para que no ocurra aquí. Y no hablo sólo de perros. Hablo de mataderos y granjas industriales en los que diariamente asesinamos vacas, cerdos, gallinas, pollitos, conejos... y un largo etcétera. ¿Os imagináis que en India organizan una campaña de estas para q dejemos de matar vacas? Son mucha gente, podrían dejarnos sin solomillos, sin bistecs... Por suerte para nosotros los hindúes parecen estar más pendientes de otras cosas y no parecen preocuparse por las aberraciones que hacemos aquí con lo que son animales sagrados para ellos. Alguno de nosotros pensará que bastantes problemas tienen ellos (seguridad, sanidad, educación, pobreza, natalidad...) como para intentar solucionar los de los demás, ¿verdad?

Pues quizá deberíamos aplicar nos el mismo cuento y dejar de involucrarnos en cosas que no van con nosotros para preocuparnos de las cosas que nos afectan de verdad.

viernes, 10 de julio de 2015

La individualización

Creo que vivimos en una sociedad inmadura que tiende peligrosamente hacia la individualidad en lugar de hacia lo colectivo, y eso, de la misma forma que cuando intentas modificar el cauce de un río, es ir contra natura y comporta muchas consecuencias.

Igual que nosotros, los perros son animales sociales. Pero hay una gran diferencia entre ellos y nosotros: los perros no deciden se “individualistas”, a los perros se les obliga a serlo.

Desde que el perro llega a casa, en muchos casos siendo un cachorro, experimenta sensaciones que probablemente nunca hubiera experimentado en un entorno más propicio y adecuado.

A partir de ahí y durante las primeras semanas y meses, el perro desarrolla unos códigos y unas herramientas muy funcionales para manejarse en ese mundo humano. Lamentablemente ese perro no siempre tiene una referencia que no sea humana en casa, es decir, no siempre otro u otros perros en casa para acompañar y guiar al recién llegado.

Muchos de los perros que están con nosotros viven solos. Eso complica mucho el desarrollo natural de un animal "programado" para crear relaciones sociales con otros miembros de su especie.

Esto se traduce, en muchos casos, en adolescentes “descerebrados” que se meten en líos y complican la vida a sus compañeros humanos (tiran desesperadamente de la correa, ladran a otros perros, se pelean…). En las ocasiones en las que se consigue cruzar este punto de inflexión en la convivencia humano-perro, la factura se presenta en forma de adultos inmaduros.

Recientemente comentaba Albert Vilardell que un gran porcentaje de los perros adultos que conviven actualmente con nosotros son inmaduros (cosa con la que estoy completamente de acuerdo). Yo creo que una gran cantidad de problemas de comportamiento que presentan los perros adultos (reactividad, miedo, problemas en las relaciones sociales con otros perros…) tienen relación directa con el grado de madurez emocional de cada individuo.

Como he dicho antes, los humanos somos conscientes (o no, pero eso ya es otro debate distinto) de que tendemos hacia la individualización, lo escogemos y lo aceptamos. Pero los perros no deciden dejar de ser perros, les obligamos nosotros arrastrados por nuestro estilo de vida, los aislamos en nuestras casas (incluso en residencias, refugios y perreras viven solos habiendo una gran cantidad de perros). Por no hablar de las diversas disciplinas deportivas en las que se fomenta ya no sólo la individualidad, sino también la competitividad y la rivalidad. Esto les supone una “factura” que además no permitimos que “paguen” porque socialmente no está bien visto que los perros discutan, se gruñan ni si quiera que se miren mientras arrugan el morro.

Creamos sin darnos cuenta perros-monos (o perros-chimpacés). Criamos y educamos a los perros en entornos muy humanos, obligándoles a hacer un esfuerzo por entender ese mundo. Pero no somos conscientes de que en este mundo, obligamos al perro a enfrentarse a su peor enemigo: la soledad. Y no sólo eso, sino que a cambio le exigimos una lista larguísima, casi interminable de cosas que puede y que no puede hacer. Y aún más: no permitimos, castigamos y corregimos casi cualquier forma de expresión natural del animal ante la soledad a la que se ve condenado (castigamos que llore cuando nos vamos, o cuando llegamos y se ha hecho pipi, o cuando rompe algo en nuestra ausencia… etc).

No es fruto de la casualidad que la mayoría de perros que visitamos sean adolescentes “descontrolados”, “descerebrados” y “problemáticos”. Generalmente son animales que están pidiendo a gritos la oportunidad de estar con otros miembros de su especie. Y es precisamente cuando más se les aísla de sus congéneres porque aparentemente “la lían”, “se pelean” o ladran, o…

Es muy curioso el desconocimiento general que tiene la especie humana de un animal con el que lleva tantos años conviviendo (cientos, miles de años de convivencia
humano-perro). Lo mal que interpretamos la naturaleza del perro nos conduce a situaciones tan paradójicas como la de un perro que ladra ferozmente a otros perros cuando va atado pero que una vez está suelto salta y juega con ellos (una situación mucho más frecuente de lo que os podéis imaginar).

Por suerte, hay una tendencia en educación canina que busca en la esencia del perro la forma más apropiada para educar y acompañar a nuestros compañeros a lo largo de sus vidas. De la mano de Albert Vilardell en Girona, y de Nicolás Planterose y Jordi Herrera por los alrededores de Barcelona vamos descubriendo una nueva forma de entender quizá no sólo la educación canina, sino toda una filosofía de vida basada en el respeto y la confianza, que se sale del camino recorrido para buscar una alternativa más natural y más acorde con el medio en el que vivimos.

lunes, 11 de mayo de 2015

Acción... ¿reacción?

"Estamos en mi habitación haciendo la siesta. Ya hace calor por lo que las ventanas estan abiertas de par en par para dejar pasar el aire, y eso permite pasar también al ruido de la calle que durante meses no hemos oído.
Coches, personas hablando entre ellas o por teléfono, gente jugando en la playa y de fondo, el rumor del mar.

De repente, un perro ladra por algún motivo. El ladrido parece venir de cerca, y eso hace que Luna se "enfade". Se levanta con cara seria, con la boca casi cerrada y en forma de "o" pequeña y gruñe con la firme intención de ladrar. Como parece que no puede localizar visualmente al objetivo de su "bronca", decide esperar y se mantiene unos minutos en guardia.

Entretanto, Rudy ni se ha inmutado. Sigue tumbado, descansando y relajado.
A Luna le ha costado volver a relajarse. De hecho, ha pasado más de media hora hasta que se ha tumbado decididamente a descansar. Lo ha hecho colocándose de espaldas a la ventana. Parece que solo así consigue desconectar del mundo de fuera.

Al cabo de unos minutos Luna desiste de su intento de descansar y vuelve a ponerse "en guardia" por el ruido de niños jugando que gritan. Están mucho más lejos que el ladrido anterior, pero son mucho más agudos.

Sale a la terraza a mirar. La terraza de mi habitación es un buen mirador. Creo que a ella le sirve como una especie de atalaya porque a veces se sube sola, estando en el salón, para ver algo y ladrar (avisar de su presencia) desde allí.
A todo esto Rudy ni se ha movido."

De esta tarde saco mi pequeña lección para aplicarme a mí mismo. Pero el objetivo de la entrada no era ese. El objetivo de esta entrada es intentar plasmar cuán distintas pueden ser las reacciones, ante los mismos estímulos, de dos animales que son de la misma especie. Y quizá ninguna es mejor ni peor. Simplemente son distintas. Habrá quien piense: "ya, pero la reacción de Rudy (o la no-reacción de Rudy) es mejor porque no se altera tanto, descansa más y mejor... incluso alguien puede plantear que Rudy está regenerando neuronas mientras Luna desperdicia las suyas alterándose por nada importante
.
Bien, es una forma de verlo. Pero hay otra (y probablemente muchas otras más) y es la siguiente: Luna y Rudy tienen muuuucho tiempo para descansar durante el día y durante la noche. Luna ha invertido este ratito en protegernos mientras Rudy y yo descansábamos. Ha vigilado, sí, y eso precisamente le ha permitido una vez más observar el mundo e intentar comprenderlo mejor. No creo que haya malgastado neuronas ni tiempo. Se toma muy en serio su tarea de vigilante de DVB y más aún si el resto duermen.

Luna y Rudy son muy distintos. Rudy es peor " vigilante", pero es un tío de acción. Raramente ladra el primero cuando pasa algo. Normalmente es Luna la que da la alarma y en función del tono, Rudy sale o no.
Y como es un tío de acción, guarda fuerzas. No malgasta energías en hacer algo que ya hace otro. Rudy cuando "vigila" tiende a dormirse con rapidez, mientras que Luna puede quedarse un buen rato observando detenidamente el panorama.

¿Y dónde quiero ir a parar con todo esto?


Pues a que hace casi dos años que viven juntos y, lejos de contagiarse "lo malo", yo diría que se han contagiado de lo bueno.


Años atrás Luna era una vigilante 24h al día. Pasaba gran parte del día sola en el jardín y eso la condujo directamente a ser una controladora casi obsesionada con lo que pasaba por delante de casa. Ladraba continuamente, hacia agujeros en el jardín debido, seguramente, a la frustración y tenía una enorme dificultad para relajarse.

Viviendo con Rudy, Luna ha cambiado y ha moderado sus reacciones cuando algo del exterior le molesta. Probablemente al principio Rudy respondía a todos los avisos de Luna. Poco a poco fue entendiendo que la mayoría eran por tonterías y dejó de ir a algunos. Seguramente empezó a fijarse en el tono, la voz y la manera de ladrar de Luna para filtrar y a su vez, Luna fue dejando de ladrar por tonterías porque sus avisos no tenían respuesta por parte de Rudy. Así, con el tiempo, se han ido entendiendo y a día de hoy es muy chulo poder verlo. Entre otras cosas, este tipo de convivencia ha permitido a Luna superar de forma natural su pánico a los cohetes. Ahora aun le siguen preocupando, pero puede permitirse asistir a un castillo de fuegos delante de casa a la 1 de la mañana sin moverse de la cama. Simplemente se despierta, gruñe y/o llora y al rato se relaja.

Esto lamentablemente no se da en todos los casos, puesto que son muchas las personas que he oído hablar de cómo un perro "le enseña" malas conductas (ladrar, morder, tirar de la correa, subirse en algún sitio, entrar donde no se debe...) a otro con el que convive. En casa ha sido al revés.

No creo que exista un secreto ni una receta mágica para lograrlo. El único secreto ha sido permitir. En todos los sentidos. Bajo unas normas humanas muy básicas les he dado toda la libertad para ser ellos. Mi tarea principalmente ha sido gestionar el entorno (en este caso era fácil porque era mi casa) para facilitar todo lo posible su convivencia desde el minuto 0. Cuando digo "normas humanas muy básicas" me refiero a normas como: puerta cerrada=no se puede entrar. Básico ¿verdad? Pues eso. Y así con varias cosas (no se sube a la mesa, no me quites el plato...) siempre con la finalidad de facilitar una buena convivencia.

En fin, estoy convencido que dos animales de la misma especie pueden ser muy distintos, pero si el entorno es propicio, su naturaleza les conduce al entendimiento.

viernes, 1 de mayo de 2015

Muts i sense gàbia

"Muts i sense gàbia" es un taller dirigit a totes aquelles persones que tinguin curiositat per experimentar una manera diferent de comunicar-nos amb els nostres amics peluts.

Desde el silenci podem aprendre noves eines que ens permetran arribar als objectius que plantegem al taller. Es poden dir moltes coses sense utilitzar la veu. Els gossos utilitzen la seva veu de manera ben diferent a nosaltres.

La jornada del dia sis constarà de dues parts, una primera part al matí, on xerrarem una mica i exposarem les nostres idees, i d'una segona part despres de dinar. Durant aquesta segona part durem a terme una activitat en companyia dels nostres acompanyants de quatre grapes dirigida.

Durant el matí es faran pauses continuament per no agobiar, aborrir ni cansar als gossos amb la nostra xerrada i es tindran en compte les becessitats paeticulars de cadascú.

L'entorn on es realitzara el taller permet assistir a la xerrada amb els nostres amics peluts ja que es farà a l'aire lliure.

Us convidem a tots a participar-hi i compartir amb nosaltres aquesta experiència! :)

domingo, 19 de abril de 2015

Una red social milenaria

Para comprender mejor esta entrada partiremos de dos premisas fundamentales y que a estas alturas de la película no son en absoluto nuevas.


La primera premisa de la cual partimos es que los perros son animales sociales. Disfrutan y necesitan de la compañía de otros individuos para desarrollarse.

La segunda premisa es que los perros viven en un mundo de olores. El olfato es su mejor sentido, con diferencia. Es el más desarrollado y miles de años de evolución han dotado al perro de un sentido del olfato que nosotros no podemos ni llegar a imaginarnos.

Pues bien, aceptando ambas premisas me dispongo a hablaros de un tema muy particular y no menos importante para nuestros amigos perrunos: los pipis.

Uno de los objetivos de esta entrada es que después de haberla leído veamos la acción de orinar de nuestro perro de otra forma. Quizá deberíamos empezar a observar el contexto antes de apurar a nuestro amigo con la correa o de arrastrarlo directamente apartándolo de aquello que está oliendo.

Me voy a centrar en dos tipos de meadas que he podido observar en la calle y durante los paseos. Y como son situaciones que se dan a nivel social, voy a hablar de "meadas sociales".

Dentro del inmenso abanico que podemos encontrar de situaciones en las que los perros orinan, voy a hablar únicamente de dos tipos de meadas bien distintas y que a su vez abarcarían una cantidad importante de matices.

El primer grupo lo he llamado " Meada nerviosa". Lo llamo así porque el nombre define casi literalmente lo que sucede. Esta acción de micción debida a los nervios se da muy a menudo, mucho más de lo que podemos imaginarnos. Tiene lugar cuando, durante el paseo, surge algún imprevisto para el perro. Y cuando digo cualquier imprevisto, me refiero justamente a eso. Será la seguridad en si mismo, la confianza y la buena referencia que el perro tenga en el momento del imprevisto lo que haga variar la frecuencia de este tipo de micción. Esto tan complicado aparentemente, se puede trasladar a la realidad de una manera muy sencilla y habitual. Situación: paseando con mi perra por la acera, se abre una puerta detrás nuestro y aparece una persona. Mi perra que estaba a otra cosa se gira, se detiene y observa cómo la persona se acerca a nosotros. La persona no se fija en mi perra porque va mirando el móvil y ésta hace una maniobra para dejar pasar a la persona que no se ha percatado de nada. Cuando la persona se aleja mi perra me mira, mueve el rabito y orina un poco mas allá, apenas dos segundos y unas gotas, suficiente para eliminar el cortisol y otras hormonas estresantes que le pusieron en alerta hace un minuto.

Situaciones como ésta se nos plantean muchísimas a lo largo de un solo día. En lugar de una persona podemos imaginar una moto ruidosa que pasa muy rápido, o un perro que le ladra desde un balcón, una persiana que se cierra, una sirena... etc.

Esta meada es puramente fisiológica. La principal función es eliminar sustancias estresantes del organismo para volver a la normalidad. Si no se permite, las hormonas estresantes siguen ahí, haciendo de las suyas, manteniendo al animal en alerta y acumulándose hasta que las reacciones se vuelven casi instintivas. Es entonces cuando se entra en un circulo peligroso para el bienestar emocional del perro ya que se empiezan a percibir amenazas donde no las hay, y esto impide al animal relajarse.

Lo que resulta más interesante es que no solo se da esta situación una vez el imprevisto ya ha pasado. Como he dicho antes, hay un sinfín de matices, y uno que se me antoja particularmente importante es el de las situaciones entre perros.

Imaginemos la situación: esta vez nuestro perro va suelto. Estamos solos en el parque. Pero aparece una persona con otro perro suelto. Los perros se ven de lejos y deciden acercarse siguiendo su propio instinto, bailando esa particular danza ritual de movimientos lentos y previsibles en la distancia, hasta que uno de ellos decide parar para orinar antes de acercarse más. 

Probablemente ese perro haya descargado una buena cantidad de nervios y tensión para así poder acercarse mas tranquilamente al otro perro. Y es muy probable también que el otro perro se dirija a la zona donde el primero ha meado para oler. Y luego meará encima para que el otro haga lo mismo, se acerque a oler y como el que no quiere la cosa, ya están juntos, oliendo algo y seguramente aprovecharán para olerse y reconocerse mutuamente.
Esta situación se dará por finalizada cuando nuestros caminos se separen y nuestro perro vuelva a mear por la zona antes de seguirnos.

Estas dos situaciones que he planteado las veo muy a menudo. Y por desgracia y desconocimiento, en muchas ocasiones no se permite a los perros completar sus rituales sociales por muy fisiológicos que sean. Lo más curioso de este tipo de meada es que, a diferencia del otro tipo del que os hablaré a continuación, no es exclusivo de los perros. Es más, nosotros compartimos  con los perros esta peculiaridad. Consultándolo con cualquier persona, uno puede llegar rápidamente a esa conclusión. Personalmente tengo la suerte de conocer a muchas personas que se dedican a la musica, al espectáculo y eso quizá lo hace mas evidente. En situaciones como la que comento en la sección de La Penya del Morro (1h 10mins aprox), hasta el mismo presentador reconoce que en su ámbito es común hacer una pequeña y rápida meada antes de entrar en directo; también músicos amigos reconocen que casi inconscientemente minutos antes de salir al escenario beben agua o cerveza sin tener sed. La ingesta de liquido facilita la ya mítica meada nerviosa que favorece el equilibrio general para afrontar una situación.


Siendo algo que compartimos con los perros, me cuesta entender como a veces no somos capaces de empatizar un poco más con ellos y ser mas respetuosos.

El segundo tipo de meadas lo llamaré, muy entrecomillado, el "marcaje".

Y lo pongo entrecomillado para que se entienda, ya que seguramente a tod@s nos ha venido a la cabeza la imagen a la que me refiero. Esas meadas en solitario, aparentemente aleatorias, que hacen nuestros amigos cuando van a la montaña, a la playa o a cualquier sitio donde haya olores interesantes. Pero no creo que sea algo que marque propiedad o limites. 

Esta meada, lejos de delimitar un territorio, yo la interpreto como una marca que deja el individuo. La intención con la que lo hace la desconocemos por completo, y es por ello justamente por lo que debemos respetarlo.

No podemos imaginar la cantidad de información que puede haber en ese pipí, tanto si lo hace nuestro animal como si lo esta oliendo. Probablemente nuestros perros deciden marcar ciertos puntos porque a ellos les resultan interesantes. Por las razones que sean, un excremento parece ser un sitio interesante para marcar. También lo son las esquinas, los postes, los árboles... quizá estos lugares tengan una función orientativa (entre otras). Quizá sea una forma de decir a amigos y conocidos que ha estado ahí. Quizá, quizá, quizá. Son tantos los motivos que se me ocurren cuya relevancia social puede ser vital para nuestros amigos que se me ocurren pocos motivos para no permitir el desarrollo de lo que, al fin y al cabo, es lo más parecido a una red social con miles de años de antigüedad y perfeccionamiento. No sabemos la cantidad ni el tipo de información que nuestro perro puede extraer de un simple trozo de papel. Tampoco sabemos como repercute apartar al animal de un olor muy interesante para él pero que a nosotros nos repugna. Si algo no nos gusta, seamos previsores y evitemos que nuestro perro pase cerca de eso. Podemos distraerlo, modificar un poco el camino para esquivar o incluso encoger la correa unos segundos hasta que hayamos pasado de largo. Pero si el animal ya esta oliendo algo, deberíamos respetarlo.


Permitamos que nuestros perros orinen y huelan otros pipis, eso repercutirá directamente en su bienestar emocional ya que es una actividad natural para ellos y que tiene multitud de beneficios, entre los cuales destaco la relajación del animal y el aumento de la seguridad en sí mismo.

Los dos tipos de meadas son distintas sobre el papel pero pueden darse de manera solapada y ambigua, así que os recomendaría observar bien a vuestros compañeros peludos durante un tiempo antes de sacar vuestras propias conclusiones.

Un saludo muy perruno a tod@s!!