jueves, 3 de diciembre de 2015

DogVille Beach obre una nova finestra!

Doncs sí! Estic molt content de poder oferir una sèrie de productes a la nova web shop que estrenem. Productes, òbviament, relacionats amb la manera d'entendre les coses que tenim a DVB.

De moment no hi tenim una gran varietat d'articles, pero en tenim un del que estem molt orgullosos: el llibre Valors i principis de l'educació canina.


Un llibret imprescindible per a qualsevol amant dels animals i que el considero el nostre article estrella, ja que gran part de la filosofia de vida que tenim a DVB està basada en els mateixos valors i principis que el Jordi, l'Albert i el Nico ens plantegen en aquesta obra.
Us deixo l'enllaç a la web, no deixeu de fer-li una ullada de tant en tant :)

salut!

lunes, 2 de noviembre de 2015

Filosofia DVB on air!

Aqui us deixo les ultimes tres intervencions! recordeu que la secció comença una mica més tard de la meitat de programa (1h i 10 mins aprox).



Sabriem explicar en dues o tres paraules què és un gos? Bé, no cal, aquesta és l'excusa perfecte per xerrar una mica sobre la naturalesa real del gos i la importància que aquesta naturalesa té en el seu desenvolupament com a individu. Una secció molt interessant tot i no parlar de cap tema en concret :)

Us heu adonat que al nostre voltant hi ha moltes persones amb superpoders? Concretament amb el superpoder de la vidència. Això és el que pensem sovint quan actuem de determinades maneres en situacions molt variades. En aquesta secció parlem sobre les anticipacions que molts propietaris realitzen amb la millor voluntat d'evitar algun conflicte però que sovint el que fan es acabar provocant-lo o  agreujant-lo.

Filosofia DVB vol. III
Arran de la frase "no esperis resultats diferents si sempre fas el mateix" hem reflexionat sobre alguns comportaments que perduren en el temps i sobre què fem nosaltres per tractar de solucionar-ho.

lunes, 5 de octubre de 2015

Filosfia DogVille Beach it's on air!!

Comencem una nova temporada (i crec que ja avan 4) amb els amics de La Penya del Morro, a Ràdio Desvern! 



En aquesta primera secció de Filosofia DogVille Beach hem volgut passar una bona estona jugant amb el Jordi, amb la Cristina i amb l'Èric a un joc que m'he inventat i que té com a finalitat entendre una mica millor la tasca de l'educador caní i la de qualsevol persona que es dediqui a ajudar als animals.


Us deixo l'enllaç al podcast del programa. La secció comença al voltant d'1hora i 10minuts de programa.


Espero que us agradi i us animo a posar en pràctica el joc i, com sempre, a reflexionar!

:)

Salut!





ARA SÍ!

Finalment podem fer pública la data i el lloc de la xerrada sobre la dependència que teniem pendent. No vam poder fer-la a finals de setembre com haviem dit en un principi, i hem decidit que la farem al novembre. Concretament el dia 21. Hem canviat el lloc i la sala on ens trobareu es la Sala Kutumbam. 

Us deixo el cartell amb tota la info 


miércoles, 2 de septiembre de 2015

Treballant pel dia 21

Després d'un bon sopar i d'una bona conversa, continuem treballant per oferir una xerrada constructiva i a l'alçada del tema i dels assistents.

Personalment estic molt il·lusionat amb aquesta xerrada. Crec que és un tema que no s'ha tractat o com a mínim no des del punt de vista que plantejarem el Jordi, la Roser i jo el dia 21 (de novembre!).


Per més info cliqueu a:
https://www.facebook.com/events/866818790100468/

o envieu un mail a:
dogvillebeach@gmail.com
Ens veiem a Ludocan, al carrer de la Nació, 53.

Salut!

martes, 1 de septiembre de 2015

viernes, 28 de agosto de 2015

dependència?

Curiosejant pels discs durs que tenia mig oblidats a algun calaix he trobat aquesta il·lustració que vaig fer ara fa uns 3 anys. Ja llavors em plantejava dubtes al voltant de la relació que mantenim amb els gossos, i he pensat que ja que el 20 de setembre parlarem sobre els efectes i conseqüències de la dependència en la relació entre humans i gossos, aquesta il·lustració pot ajudar-nos a visualitzar un problema des d'un altre punt de vista :)



martes, 25 de agosto de 2015

10000 gracias!

Para celebrar y agradecer que hemos sobrepasado las 10000 visitas me he propuesto escribir sobre algo muy básico y elemental. Algo que condiciona el día a día la vida de nuestros compañeros perrunos y, por lo tanto, también la nuestra.

Me refiero a lo que podemos interpretar como protección de recursos. Esos comportamientos, de mayor o menor intensidad, que los perros hacen en compañía de otros perros o de personas.

En función de la intensidad de estos comportamientos, la situación puede quedar en una anécdota pero también puede comportar consecuencias desagradables. Un perro que "protege" intensamente algo puede resultar peligroso para él mismo y para los que le rodean.

Creo que deberíamos pensar acerca de cómo y por qué un animal social que tiene las necesidades básicas cubiertas (entendamos como necesidades básicas comer y dormir), que no tiene que competir por sobrevivir, llega a arriesgar su integridad para proteger, por ejemplo, una pelota. Algo no estamos haciendo bien.

Para entender esto mejor me he dedicado a observarlo en casa. Luna y Rudy son dos perros adultos (aunque desconozco la edad exacta de Rudy) que conviven desde hace poco más de años. Ya eran adultos cuando se conocieron.
Luna había convivido como "perra única" en casa durante gran parte de su vida, y con 9 años le toca compartirlo todo con un desconocido. Rudy por su parte no puso problemas. Lejos de pretender, de imponer o de exigir, Rudy se limitó a respetar todo lo que Luna le decía. Y lo que Luna le decía, básicamente, se reducía a una cosa muy simple que yo llamo la "ley del uso". Esta ley, como su nombre indica, trata de definir un principio muy esencial en la convivencia: lo que estoy usando, es mío. Este principio se puede aplicar a casi todo lo imaginable: sofá, camas, cuenco de la comida, del agua, cojín, caricias de las personas, rincón favorito...

Pero pese a la claridad del principio, la magia se encuentra en los matices. Lejos de ser una norma rígida e inflexible, se trata de un concepto abstracto y muy variable. Para los que sigan convencidos de que hay que ser estrictos en la aplicación de las normas, siento decirles que es algo más complicado. No hay un criterio fijo. Se valoran muchas cosas, de las cuales muchas todavía se nos escapan, para aplicar la norma de manera más o menos intensa.


Luna, por ejemplo, utiliza esta "ley" cuando algún cachorro o algún perro joven le atosiga. Busca algún palito, alguna piedra o algún papel para utilizarlo como excusa. Entonces se tumba con las patas delanteras sobre el objeto elegido y se queda quieta. Así permanece hasta que el cachorro o el jovenzuelo encuentra otra distracción. Si la situación se repite, la intensidad del comportamiento de Luna aumentará, llegando a gruñir o a enseñar los dientes. Normalmente esto es suficiente para que hasta el cachorro más juguetón o el joven más activo entiendan el mensaje: "estoy ocupada, no quiero jugar contigo."


Con adultos plastas, el comportamiento de Luna es mucho más intenso desde el principio, y puede llegar a soltar algún ladrido y algún bocado al aire si es necesario, cosa que nunca ha hecho con cachorros.

En casa la aplicación de esta ley es algo distinta entre Luna y Rudy. Se trata de algo muy sutil. Tan sutil que la mayoría de veces ni me doy cuenta. Pero de las que puedo observar he aprendido mucho. Por ejemplo que es un principio que está por encima de ambos, es decir, que tanto el uno como la otra pueden utilizarlo.

Rudy permitió mucho al principio, dejaba que prácticamente todo "lo usara" Luna. Él usaba sólo lo imprescindible (cuenco del agua, de la comida y espacio para descansar). Poco a poco fue usando más cosas, más espacios. A su ritmo fue ganando confianza y Luna tampoco fue nunca muy intensa en sus comportamientos, cosa que le permitía avanzar e integrarse rápidamente. Yo sólo intervine una vez, al principio. Durante los primeros días, Luna quería usar los dos cuencos de comida simultáneamente, dándose la situación curiosa de comer un par de bocados en cada cuenco para después salir disparada hacia el otro antes de que Rudy pudiera comer. Rudy no parecía saber cómo parar a Luna y un día que no bastó que yo me interpusiera en el camino de Luna, decidí llamarle la atención a Luna con un "prou!" en un tono más serio de lo que nos hubiera gustado a los tres. La reacción de Luna fue instantánea, paró y se dirigió al plato que tenía más cerca para acabar de comer. Pero cuando miré a Rudy vi en su cara algo parecido a decepción. Entendí que me había excedido pero no sólo en el tono o en la forma, también excedí mis competencias. Entendí que eso era algo que le habría gustado resolver a él. Que probablemente ya estaba en ello, fuera cual fuera el proceso, pero que en ningún caso mi intervención formaba parte de sus planes.

De esta situación podemos sacar varias conclusiones. Y sirve también para ilustrar lo que venía hablando sobre la rigidez de las normas de convivencia. Esta norma tan sencilla (lo que estoy usando es mio) es de una complejidad enorme en su aplicación. En cambio, conceptos tan complicados de poner en práctica los aplican y resuelven con una destreza impresionante si se les da la oportunidad. Y quizá la lección que deberíamos intentar aprender no es tan simple, ni tampoco tan complicada. Porque la magia vuelve a surgir cuando te das cuenta que nosotros también llevamos integrados códigos que nos permiten relacionarnos y comunicarnos con ellos, que solamente hay que saber buscar dentro de uno mismo para dar con ellos, y que una vez encontrados, resulta muy difícil volver a perderlos.

Los humanos tendemos a simplificar mucho las cosas complicadas y a complicar las cosas simples. Gracias a los perros y a lo que nos enseñan desde la más pura humildad podemos dar la vuelta y devolver el sentido real de las cosas. 

miércoles, 22 de julio de 2015

La viga del ojo ajeno

Desde hace unas semanas recibo mails, veo imágenes y me llegan peticiones de firma de plataformas tipo change.org que tienen relación con un único tema: el asesinato de cientos, miles de perros que va a tener lugar en algun punto de la inmensa China y que según creo, forman parte de una especie de ritual para celebrar no se qué.

Bien, ante esto me asalta una duda, que plantearé al final de la entrada. Entre tanto, permitidme que exponga algunas reflexiones.

En primer lugar he de decir que soy completamente contrario al asesinato y a la tortura de ningún animal, sea donde sea. Aclarado esto me veo obligado a decir que no estoy informado sobre este tema en concreto. Es decir, no sé de qué va el supuesto ritual, ni el numero de perros sacrificados ni nada de eso. Pero esta entrada no va sobre eso. No me centraré en hablar de un caso concreto, sino que mi intención es utilizar ese caso como ejemplo de lo que quiero explicar.

Y es que no deja de sorprenderme la capacidad del ser humano para responsabilizarse y hacerse cargo de situaciones que, siendo más o menos "justas", ocurren a miles de kilómetros de distancia.

De forma habitual se abandonan y se maltratan animales muy cerca de nosotros. Pero eso no parece tan importante cuando aparecen casos tan grandes y tan mediáticos como el de China. Tenemos las perreras municipales (y refugios, casas de acogida, santuarios...) saturados de animales que esperan una oportunidad. Animales que han sido maltratados y/o abandonados sin que ello suponga problema alguno para nadie, excepto para los cientos de miles que se ven afectados (hablo de animales y de personas).

Cuando vi la cantidad de firmas que había recogido la mediática campaña del caso chino, primero me sorprendí agradablemente, y luego pensé que si una cuarta parte de la gente que se involucra en algo así lo hiciera también para cambiar algo de su entorno las cosas serian distintas. No hablo de que toda esa gente adoptara un animal. Me refiero a la capacidad que tenemos para intentar cambiar las cosas horribles que pasan a miles de kilómetros y a su vez permitir que al lado tuyo pasen cosas igualmente horribles y no mover una pestaña por cambiarlo.

Quizá si pensáramos más a menudo en lo pequeño lograríamos algún día llegar a cambiar lo grande. Pero sinceramente, me parece ridículo firmar para que no ocurra algo a diez mil kilómetros y no hacer nada para que no ocurra aquí. Y no hablo sólo de perros. Hablo de mataderos y granjas industriales en los que diariamente asesinamos vacas, cerdos, gallinas, pollitos, conejos... y un largo etcétera. ¿Os imagináis que en India organizan una campaña de estas para q dejemos de matar vacas? Son mucha gente, podrían dejarnos sin solomillos, sin bistecs... Por suerte para nosotros los hindúes parecen estar más pendientes de otras cosas y no parecen preocuparse por las aberraciones que hacemos aquí con lo que son animales sagrados para ellos. Alguno de nosotros pensará que bastantes problemas tienen ellos (seguridad, sanidad, educación, pobreza, natalidad...) como para intentar solucionar los de los demás, ¿verdad?

Pues quizá deberíamos aplicar nos el mismo cuento y dejar de involucrarnos en cosas que no van con nosotros para preocuparnos de las cosas que nos afectan de verdad.

viernes, 10 de julio de 2015

La individualización

Creo que vivimos en una sociedad inmadura que tiende peligrosamente hacia la individualidad en lugar de hacia lo colectivo, y eso, de la misma forma que cuando intentas modificar el cauce de un río, es ir contra natura y comporta muchas consecuencias.

Igual que nosotros, los perros son animales sociales. Pero hay una gran diferencia entre ellos y nosotros: los perros no deciden se “individualistas”, a los perros se les obliga a serlo.

Desde que el perro llega a casa, en muchos casos siendo un cachorro, experimenta sensaciones que probablemente nunca hubiera experimentado en un entorno más propicio y adecuado.

A partir de ahí y durante las primeras semanas y meses, el perro desarrolla unos códigos y unas herramientas muy funcionales para manejarse en ese mundo humano. Lamentablemente ese perro no siempre tiene una referencia que no sea humana en casa, es decir, no siempre otro u otros perros en casa para acompañar y guiar al recién llegado.

Muchos de los perros que están con nosotros viven solos. Eso complica mucho el desarrollo natural de un animal "programado" para crear relaciones sociales con otros miembros de su especie.

Esto se traduce, en muchos casos, en adolescentes “descerebrados” que se meten en líos y complican la vida a sus compañeros humanos (tiran desesperadamente de la correa, ladran a otros perros, se pelean…). En las ocasiones en las que se consigue cruzar este punto de inflexión en la convivencia humano-perro, la factura se presenta en forma de adultos inmaduros.

Recientemente comentaba Albert Vilardell que un gran porcentaje de los perros adultos que conviven actualmente con nosotros son inmaduros (cosa con la que estoy completamente de acuerdo). Yo creo que una gran cantidad de problemas de comportamiento que presentan los perros adultos (reactividad, miedo, problemas en las relaciones sociales con otros perros…) tienen relación directa con el grado de madurez emocional de cada individuo.

Como he dicho antes, los humanos somos conscientes (o no, pero eso ya es otro debate distinto) de que tendemos hacia la individualización, lo escogemos y lo aceptamos. Pero los perros no deciden dejar de ser perros, les obligamos nosotros arrastrados por nuestro estilo de vida, los aislamos en nuestras casas (incluso en residencias, refugios y perreras viven solos habiendo una gran cantidad de perros). Por no hablar de las diversas disciplinas deportivas en las que se fomenta ya no sólo la individualidad, sino también la competitividad y la rivalidad. Esto les supone una “factura” que además no permitimos que “paguen” porque socialmente no está bien visto que los perros discutan, se gruñan ni si quiera que se miren mientras arrugan el morro.

Creamos sin darnos cuenta perros-monos (o perros-chimpacés). Criamos y educamos a los perros en entornos muy humanos, obligándoles a hacer un esfuerzo por entender ese mundo. Pero no somos conscientes de que en este mundo, obligamos al perro a enfrentarse a su peor enemigo: la soledad. Y no sólo eso, sino que a cambio le exigimos una lista larguísima, casi interminable de cosas que puede y que no puede hacer. Y aún más: no permitimos, castigamos y corregimos casi cualquier forma de expresión natural del animal ante la soledad a la que se ve condenado (castigamos que llore cuando nos vamos, o cuando llegamos y se ha hecho pipi, o cuando rompe algo en nuestra ausencia… etc).

No es fruto de la casualidad que la mayoría de perros que visitamos sean adolescentes “descontrolados”, “descerebrados” y “problemáticos”. Generalmente son animales que están pidiendo a gritos la oportunidad de estar con otros miembros de su especie. Y es precisamente cuando más se les aísla de sus congéneres porque aparentemente “la lían”, “se pelean” o ladran, o…

Es muy curioso el desconocimiento general que tiene la especie humana de un animal con el que lleva tantos años conviviendo (cientos, miles de años de convivencia
humano-perro). Lo mal que interpretamos la naturaleza del perro nos conduce a situaciones tan paradójicas como la de un perro que ladra ferozmente a otros perros cuando va atado pero que una vez está suelto salta y juega con ellos (una situación mucho más frecuente de lo que os podéis imaginar).

Por suerte, hay una tendencia en educación canina que busca en la esencia del perro la forma más apropiada para educar y acompañar a nuestros compañeros a lo largo de sus vidas. De la mano de Albert Vilardell en Girona, y de Nicolás Planterose y Jordi Herrera por los alrededores de Barcelona vamos descubriendo una nueva forma de entender quizá no sólo la educación canina, sino toda una filosofía de vida basada en el respeto y la confianza, que se sale del camino recorrido para buscar una alternativa más natural y más acorde con el medio en el que vivimos.

lunes, 11 de mayo de 2015

Acción... ¿reacción?

"Estamos en mi habitación haciendo la siesta. Ya hace calor por lo que las ventanas estan abiertas de par en par para dejar pasar el aire, y eso permite pasar también al ruido de la calle que durante meses no hemos oído.
Coches, personas hablando entre ellas o por teléfono, gente jugando en la playa y de fondo, el rumor del mar.

De repente, un perro ladra por algún motivo. El ladrido parece venir de cerca, y eso hace que Luna se "enfade". Se levanta con cara seria, con la boca casi cerrada y en forma de "o" pequeña y gruñe con la firme intención de ladrar. Como parece que no puede localizar visualmente al objetivo de su "bronca", decide esperar y se mantiene unos minutos en guardia.

Entretanto, Rudy ni se ha inmutado. Sigue tumbado, descansando y relajado.
A Luna le ha costado volver a relajarse. De hecho, ha pasado más de media hora hasta que se ha tumbado decididamente a descansar. Lo ha hecho colocándose de espaldas a la ventana. Parece que solo así consigue desconectar del mundo de fuera.

Al cabo de unos minutos Luna desiste de su intento de descansar y vuelve a ponerse "en guardia" por el ruido de niños jugando que gritan. Están mucho más lejos que el ladrido anterior, pero son mucho más agudos.

Sale a la terraza a mirar. La terraza de mi habitación es un buen mirador. Creo que a ella le sirve como una especie de atalaya porque a veces se sube sola, estando en el salón, para ver algo y ladrar (avisar de su presencia) desde allí.
A todo esto Rudy ni se ha movido."

De esta tarde saco mi pequeña lección para aplicarme a mí mismo. Pero el objetivo de la entrada no era ese. El objetivo de esta entrada es intentar plasmar cuán distintas pueden ser las reacciones, ante los mismos estímulos, de dos animales que son de la misma especie. Y quizá ninguna es mejor ni peor. Simplemente son distintas. Habrá quien piense: "ya, pero la reacción de Rudy (o la no-reacción de Rudy) es mejor porque no se altera tanto, descansa más y mejor... incluso alguien puede plantear que Rudy está regenerando neuronas mientras Luna desperdicia las suyas alterándose por nada importante
.
Bien, es una forma de verlo. Pero hay otra (y probablemente muchas otras más) y es la siguiente: Luna y Rudy tienen muuuucho tiempo para descansar durante el día y durante la noche. Luna ha invertido este ratito en protegernos mientras Rudy y yo descansábamos. Ha vigilado, sí, y eso precisamente le ha permitido una vez más observar el mundo e intentar comprenderlo mejor. No creo que haya malgastado neuronas ni tiempo. Se toma muy en serio su tarea de vigilante de DVB y más aún si el resto duermen.

Luna y Rudy son muy distintos. Rudy es peor " vigilante", pero es un tío de acción. Raramente ladra el primero cuando pasa algo. Normalmente es Luna la que da la alarma y en función del tono, Rudy sale o no.
Y como es un tío de acción, guarda fuerzas. No malgasta energías en hacer algo que ya hace otro. Rudy cuando "vigila" tiende a dormirse con rapidez, mientras que Luna puede quedarse un buen rato observando detenidamente el panorama.

¿Y dónde quiero ir a parar con todo esto?


Pues a que hace casi dos años que viven juntos y, lejos de contagiarse "lo malo", yo diría que se han contagiado de lo bueno.


Años atrás Luna era una vigilante 24h al día. Pasaba gran parte del día sola en el jardín y eso la condujo directamente a ser una controladora casi obsesionada con lo que pasaba por delante de casa. Ladraba continuamente, hacia agujeros en el jardín debido, seguramente, a la frustración y tenía una enorme dificultad para relajarse.

Viviendo con Rudy, Luna ha cambiado y ha moderado sus reacciones cuando algo del exterior le molesta. Probablemente al principio Rudy respondía a todos los avisos de Luna. Poco a poco fue entendiendo que la mayoría eran por tonterías y dejó de ir a algunos. Seguramente empezó a fijarse en el tono, la voz y la manera de ladrar de Luna para filtrar y a su vez, Luna fue dejando de ladrar por tonterías porque sus avisos no tenían respuesta por parte de Rudy. Así, con el tiempo, se han ido entendiendo y a día de hoy es muy chulo poder verlo. Entre otras cosas, este tipo de convivencia ha permitido a Luna superar de forma natural su pánico a los cohetes. Ahora aun le siguen preocupando, pero puede permitirse asistir a un castillo de fuegos delante de casa a la 1 de la mañana sin moverse de la cama. Simplemente se despierta, gruñe y/o llora y al rato se relaja.

Esto lamentablemente no se da en todos los casos, puesto que son muchas las personas que he oído hablar de cómo un perro "le enseña" malas conductas (ladrar, morder, tirar de la correa, subirse en algún sitio, entrar donde no se debe...) a otro con el que convive. En casa ha sido al revés.

No creo que exista un secreto ni una receta mágica para lograrlo. El único secreto ha sido permitir. En todos los sentidos. Bajo unas normas humanas muy básicas les he dado toda la libertad para ser ellos. Mi tarea principalmente ha sido gestionar el entorno (en este caso era fácil porque era mi casa) para facilitar todo lo posible su convivencia desde el minuto 0. Cuando digo "normas humanas muy básicas" me refiero a normas como: puerta cerrada=no se puede entrar. Básico ¿verdad? Pues eso. Y así con varias cosas (no se sube a la mesa, no me quites el plato...) siempre con la finalidad de facilitar una buena convivencia.

En fin, estoy convencido que dos animales de la misma especie pueden ser muy distintos, pero si el entorno es propicio, su naturaleza les conduce al entendimiento.

viernes, 1 de mayo de 2015

Muts i sense gàbia

"Muts i sense gàbia" es un taller dirigit a totes aquelles persones que tinguin curiositat per experimentar una manera diferent de comunicar-nos amb els nostres amics peluts.

Desde el silenci podem aprendre noves eines que ens permetran arribar als objectius que plantegem al taller. Es poden dir moltes coses sense utilitzar la veu. Els gossos utilitzen la seva veu de manera ben diferent a nosaltres.

La jornada del dia sis constarà de dues parts, una primera part al matí, on xerrarem una mica i exposarem les nostres idees, i d'una segona part despres de dinar. Durant aquesta segona part durem a terme una activitat en companyia dels nostres acompanyants de quatre grapes dirigida.

Durant el matí es faran pauses continuament per no agobiar, aborrir ni cansar als gossos amb la nostra xerrada i es tindran en compte les becessitats paeticulars de cadascú.

L'entorn on es realitzara el taller permet assistir a la xerrada amb els nostres amics peluts ja que es farà a l'aire lliure.

Us convidem a tots a participar-hi i compartir amb nosaltres aquesta experiència! :)

domingo, 19 de abril de 2015

Una red social milenaria

Para comprender mejor esta entrada partiremos de dos premisas fundamentales y que a estas alturas de la película no son en absoluto nuevas.


La primera premisa de la cual partimos es que los perros son animales sociales. Disfrutan y necesitan de la compañía de otros individuos para desarrollarse.

La segunda premisa es que los perros viven en un mundo de olores. El olfato es su mejor sentido, con diferencia. Es el más desarrollado y miles de años de evolución han dotado al perro de un sentido del olfato que nosotros no podemos ni llegar a imaginarnos.

Pues bien, aceptando ambas premisas me dispongo a hablaros de un tema muy particular y no menos importante para nuestros amigos perrunos: los pipis.

Uno de los objetivos de esta entrada es que después de haberla leído veamos la acción de orinar de nuestro perro de otra forma. Quizá deberíamos empezar a observar el contexto antes de apurar a nuestro amigo con la correa o de arrastrarlo directamente apartándolo de aquello que está oliendo.

Me voy a centrar en dos tipos de meadas que he podido observar en la calle y durante los paseos. Y como son situaciones que se dan a nivel social, voy a hablar de "meadas sociales".

Dentro del inmenso abanico que podemos encontrar de situaciones en las que los perros orinan, voy a hablar únicamente de dos tipos de meadas bien distintas y que a su vez abarcarían una cantidad importante de matices.

El primer grupo lo he llamado " Meada nerviosa". Lo llamo así porque el nombre define casi literalmente lo que sucede. Esta acción de micción debida a los nervios se da muy a menudo, mucho más de lo que podemos imaginarnos. Tiene lugar cuando, durante el paseo, surge algún imprevisto para el perro. Y cuando digo cualquier imprevisto, me refiero justamente a eso. Será la seguridad en si mismo, la confianza y la buena referencia que el perro tenga en el momento del imprevisto lo que haga variar la frecuencia de este tipo de micción. Esto tan complicado aparentemente, se puede trasladar a la realidad de una manera muy sencilla y habitual. Situación: paseando con mi perra por la acera, se abre una puerta detrás nuestro y aparece una persona. Mi perra que estaba a otra cosa se gira, se detiene y observa cómo la persona se acerca a nosotros. La persona no se fija en mi perra porque va mirando el móvil y ésta hace una maniobra para dejar pasar a la persona que no se ha percatado de nada. Cuando la persona se aleja mi perra me mira, mueve el rabito y orina un poco mas allá, apenas dos segundos y unas gotas, suficiente para eliminar el cortisol y otras hormonas estresantes que le pusieron en alerta hace un minuto.

Situaciones como ésta se nos plantean muchísimas a lo largo de un solo día. En lugar de una persona podemos imaginar una moto ruidosa que pasa muy rápido, o un perro que le ladra desde un balcón, una persiana que se cierra, una sirena... etc.

Esta meada es puramente fisiológica. La principal función es eliminar sustancias estresantes del organismo para volver a la normalidad. Si no se permite, las hormonas estresantes siguen ahí, haciendo de las suyas, manteniendo al animal en alerta y acumulándose hasta que las reacciones se vuelven casi instintivas. Es entonces cuando se entra en un circulo peligroso para el bienestar emocional del perro ya que se empiezan a percibir amenazas donde no las hay, y esto impide al animal relajarse.

Lo que resulta más interesante es que no solo se da esta situación una vez el imprevisto ya ha pasado. Como he dicho antes, hay un sinfín de matices, y uno que se me antoja particularmente importante es el de las situaciones entre perros.

Imaginemos la situación: esta vez nuestro perro va suelto. Estamos solos en el parque. Pero aparece una persona con otro perro suelto. Los perros se ven de lejos y deciden acercarse siguiendo su propio instinto, bailando esa particular danza ritual de movimientos lentos y previsibles en la distancia, hasta que uno de ellos decide parar para orinar antes de acercarse más. 

Probablemente ese perro haya descargado una buena cantidad de nervios y tensión para así poder acercarse mas tranquilamente al otro perro. Y es muy probable también que el otro perro se dirija a la zona donde el primero ha meado para oler. Y luego meará encima para que el otro haga lo mismo, se acerque a oler y como el que no quiere la cosa, ya están juntos, oliendo algo y seguramente aprovecharán para olerse y reconocerse mutuamente.
Esta situación se dará por finalizada cuando nuestros caminos se separen y nuestro perro vuelva a mear por la zona antes de seguirnos.

Estas dos situaciones que he planteado las veo muy a menudo. Y por desgracia y desconocimiento, en muchas ocasiones no se permite a los perros completar sus rituales sociales por muy fisiológicos que sean. Lo más curioso de este tipo de meada es que, a diferencia del otro tipo del que os hablaré a continuación, no es exclusivo de los perros. Es más, nosotros compartimos  con los perros esta peculiaridad. Consultándolo con cualquier persona, uno puede llegar rápidamente a esa conclusión. Personalmente tengo la suerte de conocer a muchas personas que se dedican a la musica, al espectáculo y eso quizá lo hace mas evidente. En situaciones como la que comento en la sección de La Penya del Morro (1h 10mins aprox), hasta el mismo presentador reconoce que en su ámbito es común hacer una pequeña y rápida meada antes de entrar en directo; también músicos amigos reconocen que casi inconscientemente minutos antes de salir al escenario beben agua o cerveza sin tener sed. La ingesta de liquido facilita la ya mítica meada nerviosa que favorece el equilibrio general para afrontar una situación.


Siendo algo que compartimos con los perros, me cuesta entender como a veces no somos capaces de empatizar un poco más con ellos y ser mas respetuosos.

El segundo tipo de meadas lo llamaré, muy entrecomillado, el "marcaje".

Y lo pongo entrecomillado para que se entienda, ya que seguramente a tod@s nos ha venido a la cabeza la imagen a la que me refiero. Esas meadas en solitario, aparentemente aleatorias, que hacen nuestros amigos cuando van a la montaña, a la playa o a cualquier sitio donde haya olores interesantes. Pero no creo que sea algo que marque propiedad o limites. 

Esta meada, lejos de delimitar un territorio, yo la interpreto como una marca que deja el individuo. La intención con la que lo hace la desconocemos por completo, y es por ello justamente por lo que debemos respetarlo.

No podemos imaginar la cantidad de información que puede haber en ese pipí, tanto si lo hace nuestro animal como si lo esta oliendo. Probablemente nuestros perros deciden marcar ciertos puntos porque a ellos les resultan interesantes. Por las razones que sean, un excremento parece ser un sitio interesante para marcar. También lo son las esquinas, los postes, los árboles... quizá estos lugares tengan una función orientativa (entre otras). Quizá sea una forma de decir a amigos y conocidos que ha estado ahí. Quizá, quizá, quizá. Son tantos los motivos que se me ocurren cuya relevancia social puede ser vital para nuestros amigos que se me ocurren pocos motivos para no permitir el desarrollo de lo que, al fin y al cabo, es lo más parecido a una red social con miles de años de antigüedad y perfeccionamiento. No sabemos la cantidad ni el tipo de información que nuestro perro puede extraer de un simple trozo de papel. Tampoco sabemos como repercute apartar al animal de un olor muy interesante para él pero que a nosotros nos repugna. Si algo no nos gusta, seamos previsores y evitemos que nuestro perro pase cerca de eso. Podemos distraerlo, modificar un poco el camino para esquivar o incluso encoger la correa unos segundos hasta que hayamos pasado de largo. Pero si el animal ya esta oliendo algo, deberíamos respetarlo.


Permitamos que nuestros perros orinen y huelan otros pipis, eso repercutirá directamente en su bienestar emocional ya que es una actividad natural para ellos y que tiene multitud de beneficios, entre los cuales destaco la relajación del animal y el aumento de la seguridad en sí mismo.

Los dos tipos de meadas son distintas sobre el papel pero pueden darse de manera solapada y ambigua, así que os recomendaría observar bien a vuestros compañeros peludos durante un tiempo antes de sacar vuestras propias conclusiones.

Un saludo muy perruno a tod@s!!


martes, 20 de enero de 2015

LA NOCHE MÁS LARGA.

No sé donde estoy pero no me gusta este sitio. Es de noche y hace frío. No sé cuánto rato llevo aquí, pero no quiero quedarme. Quiero volver a casa…

(4 horas antes, aproximadamente)

1. El descuido.
Son las 20.30h de un sábado de enero y por lo tanto hace ya rato que es de noche. Llego a casa y Luna y Rudy ya me esperan en la puerta. En cuestión de minutos estamos los tres en la calle y nos dirigimos caminando a la playa. Tardamos poco en llegar al paseo marítimo, apenas unos minutos. Entretanto, decido desviar la ruta y en lugar de dirigirme directamente a la playa, opto por tomar un camino que empalma dos tramos de paseo marítimo. Hemos recorrido este camino mil veces (de día, de noche, lloviendo…) pero como pasa mucha gente (y perros) durante el día seguro que hay olores nuevos e interesantes.
Empezamos el camino, que tendrá aproximadamente unos 300m de largo, y los ojos tardan unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad de la zona. Ninguna farola ilumina el camino, y eso permite ver un cielo nocturno espectacular.
A los pocos metros, consigo distinguir varias personas que transitan por el mismo camino que nosotros. Alguno va en bici y sin luz, por lo que creo más conveniente apartarnos. Unos metros más adelante hay un pequeño atajo que comunica el camino y la playa. Iremos por ahí.
Me paro y silbo para avisar a Rudy y a Luna, y en cuestión de segundos aparece Rudy. Enseguida interpreta que nos adentramos en la playa y como Luna aún no ha venido, me veo obligado a pedirle a Rudy que espere. Así lo hace, y se tumba a escasos metros de mí. Vuelvo a silbar, un silbido un poco más largo esta vez. A ver si así Luna nos ubica y aparece. Entretanto, dejo pasar a las personas que venían por el camino en una y otra dirección. Ya estamos solos, las personas se alejan y Luna sigue “a su rollo”.
Han pasado unos minutos y me extraña mucho que Luna no haya aparecido por aquí. Rudy y yo no nos hemos movido del mismo lugar. Rudy sigue esperando y yo también. Pero seguimos sin noticias de Luna, así que decido retomar el camino. Seguro que Luna ha llegado hasta el final del camino y nos está esperando allí. Es un recorrido habitual y ella iba por delante de mí cuando me he detenido. Iba incluso por delante de Rudy. Probablemente esté en el otro lado del camino, esperando en el murete del paseo. Seguimos avanzando y ya vemos el final del camino. Las farolas iluminan la zona y no hay nada que me haga pensar que Luna esté por allí. No la veo, ni veo su sombra. No oigo nada, sólo el mar de fondo y un tren que pasa. Vuelvo a silbar y la llamo en voz alta. Espero unos minutos. Nada. Enfadado, decido dar media vuelta y desandar el camino. Conforme avanzo, voy mirando atentamente entre las sombras para ver algún movimiento furtivo. Empiezo a pensar que Luna nos ha perdido de vista y ha decidido seguir su olfato. Seguro que ha vuelto atrás asustada porque no nos veía y ha vuelto a casa. Sí. Está muy oscuro y pasaban varias personas. Ella va siempre con el hocico en el suelo y quizá ha seguido una “silueta humana” creyendo que era yo y se ha despistado. Para cuando se haya dado cuenta, habrá buscado mi olor o la de Rudy y habrá vuelto a casa irremediablemente.
Ya estamos a mitad del camino, hemos pasado por la zona en la que Rudy y yo nos habíamos desviado antes y no hay ni rastro de Luna, así que seguramente esté en la misma puerta de casa esperándonos. Avanzo cada vez más rápido. Rudy se queda atrás y me paro a esperarle. Una vez Rudy se despistó durante un paseo. También era de noche y también recurrió a lo seguro: volver a casa. Ese día, Rudy estuvo “a su rollo” unos 20 minutos. Eso me ayuda a pensar que Luna haya hecho algo similar. Estamos cerca de casa, es imposible que se haya desorientado.
Salimos del camino y mi paso es acelerado. Rudy no parece entenderme demasiado y eso hace que su ritmo sea más lento. Por suerte ya estamos al lado de casa, cuando giremos esta esquina veremos a Luna esperándonos en la puerta, como Rudy hizo en su día, con cara de: “¿pero se puede saber dónde estabais? ¡La puerta no se abre sola!”. Un par de metros más y ahí estará…
Pero no. En la puerta no hay nadie esperando. Avanzo rápido mirando todas y cada una de las plantas que hay a lo largo de la acera hasta llegar a mi puerta. Nada, ni rastro… No sé donde está Luna.

2. La búsqueda.
Una sensación horrible me recorre por dentro. No sé qué hacer. Abro la puerta, Rudy entra en casa y automáticamente vuelvo a cerrar. Me giro y vuelvo a caminar en dirección al camino. Estoy enfadado, pero sobretodo empiezo a estar inquieto. No sé donde se puede haber perdido esta perra. ¡Estamos al lado de casa! Se habrá ido a la playa. Seguro. Esta se ha metido en la playa y en cuanto sus almohadillas han tocado arena fina ha dicho: “¡a correeeeer!” y así habrá recorrido varias calas desorientada. Es poco probable. No es algo habitual en ella. Le gusta correr en la playa, sí, pero si por algo siempre se ha caracterizado Luna es por no perderme de vista. Hemos estado en entornos muy variopintos. Montañas, caminos, ríos, playas… y nunca se ha despistado. Hasta hoy. Pero es de noche, y en el fondo, aunque no quiera reconocerlo, se hace mayor.
Imagino que en la playa los olores son muy distintos a los a todos los demás. Quizá todas las calas huelan de manera similar, ya que las baña el mismo mar y la tierra se mueve de un lado a otro. Quizá eso la haya desorientado.

Vuelvo a estar en el camino. En el último sitio en el que recuerdo haberla visto. Silbo y la llamo un par de veces. Nada. Sigo caminando, llego hasta el final del camino y me adentro en la playa. Camino un par de calas dirección Barcelona. Nada, ni rastro. Doy media vuelta y vuelvo a recorrer las mismas calas y el mismo camino de vuelta a casa. Conforme vuelvo a acercarme a casa, vuelvo a imaginármela en la puerta esperando. Quizá se haya entretenido más de lo que yo pensaba y ha vuelto en este rato. Me acerco a casa y aunque no veo la puerta, oigo a Rudy ladrando a lo lejos. Ya está. Ha vuelto a casa y Rudy que le está ladrando desde dentro.
Pero no. En la puerta no está Luna, no hay nadie. Rudy está en la terraza ladrando. Creo que está protestando, pero intento ver en su mirada alguna pista de Luna. Quizá la haya visto pasar y por eso ladra. Quizá la haya visto recorrer la explanada que hay enfrente de casa. Me adentro en ella, pero no parece muy probable que esté por aquí. Ya hemos estado esta tarde y no veo porqué Luna, desorientada, debería venir aquí. La explanada es grande, quizá un par de campos de fútbol o más, pero la hierba está cortada muy baja y eso me permite ver que no hay nadie. De todas formas decido recorrerla y cuando llego al final de la explanada la sensación de inquietud se incrementa notablemente.
Voy a la playa y recorro otras dos calas, esta vez en dirección Tarragona. Nada. Ninguna sombra a lo lejos que me aliente a seguir en esa dirección. Doy media vuelta y vuelvo al paseo marítimo. Me vuelvo a adentrar en el camino, dejando atrás los ladridos del insistente Rudy.
Mi enfado hace rato que se está haciendo pequeño, y su lugar lo ocupa la inquietud. Ya no me imagino la cara de cabreo que le voy a poner cuando la encuentre. Empiezo a conformarme con ser el debilucho que la abrace tras un rato de preocupación. En el fondo no soy mucho más que eso, y mi enfado acabará traduciéndose sí o sí en una sesión de mimos y caricias memorable cuando la encuentre.
Sigo caminando por la playa. No sé cuanto rato ha pasado ya, pero empiezo a estar cansado. Me dirijo a casa, pensando de nuevo que estará en la puerta. Habrá perseguido un gato y se habrá ido más lejos de lo que yo creía. Eso la habrá entretenido mucho rato. Pero es raro porque por la playa no suele haber gatos. Quizá haya seguido un olor, ha llegado hasta una basura o una papelera y allí ha visto un gato, o varios. Eso le habría entretenido mucho rato, pero quizá haya vuelto de su aventura. Solo espero que no tengamos que curar heridas, porque si ha perseguido un gato, seguro que se habrá metido en algún lío. En fin, que todo sea eso. Algún arañazo, algún mordisco y mañana al vete a por las vacunas. Espero que no le hayan tocado los ojos, eso sería muy jodido…
Llego a casa y de nuevo no hay ni rastro de Luna. Rudy, al verme entrar, me ladra desde la terraza y mueve el rabo. Está contento de que haya vuelto. Con las prisas, le he dejado en el jardín, y el pobre seguro que tiene sed. Entramos en casa y efectivamente se amorra al agua y bebe con su particular estilo. Le pongo la comida y me recorre un escalofrío. Nunca le había puesto comida solo a Rudy. Siempre comen juntos, y el plato vacío de Luna me hace sentir muy mal. Echo comida en el plato de Luna para intentar mitigar el dolor pero no sirve de nada. Sigo sintiendo un enorme vacío y mucha inquietud, apenas puedo parar unos minutos y es sobretodo debido al cansancio.
Voy a la cocina, no he cenado y aunque no tenga hambre, necesito comer algo para seguir buscando a Luna. Un bocadillo bastará.
La puerta del jardín está abierta desde que he llegado, por si acaso Luna decidiera regresar ahora. Me como el bocadillo en el balcón, temblando más de nervios que de frío y mirando la puerta abierta del jardín.
Con la servilleta de papel aún en la mano, decido volver al camino. No han pasado ni diez minutos. Equipado con una luz frontal de leds y un par de juguetes de Luna me adentro en el camino iluminando todos los rincones que antes me quedaban ocultos por las sombras. Recorro todo el camino y llego al final. Me adentro en la playa, iluminando en todas direcciones, pero la luz aquí me sirve de poco. Está muy oscuro, hoy no hay Luna en el cielo, y eso me permite ver muchas estrellas. Sigo caminando por la playa llamando a Luna y silbando, sin perder la esperanza de que allá donde esté me escuche y se oriente. Pero no hay ni rastro. Una mirada al cielo me devuelve la esperanza. De golpe, justo frente a mí, una estrella fugaz hace acto de presencia, recorriendo el cielo de norte a sur. A estas alturas, la más mínima superstición me ayuda, y una estrella fugaz es una de mis supersticiones favoritas. Es una señal. El deseo que le pido a la estrella es obvio: encontrar a Luna.

3. Ni rastro.
Animado por la estrella, decido retomar la búsqueda y enfocarla de una manera más racional. Hasta el momento, básicamente me he dedicado a caminar de un lado a otro. No he parado de moverme y el sentido común aparece por primera vez en mucho rato para aportar algo: si buscas a alguien que te busca, espérale en algún lugar. Si no, los dos estáis en continuo movimiento y es mucho más difícil que os encontréis.
Me parece buena idea y decido esperar en el paseo marítimo, al final del camino donde la perdí de vista. Me enciendo un cigarro y espero unos minutos. Pero la inquietud aumenta de manera exponencial conforme pasan los minutos y acabo tirando el cigarro antes de terminarlo para volver a caminar. Esta vez me dirijo a un objetivo y camino callejeando varias manzanas hasta llegar a él: la guarida de gatos más cercana a DVB. Está ubicada en la puerta de un parking, junto a unos contenedores, y aunque no se si allí viven, sé que es un lugar muy frecuentado por gatos tanto callejeros como caseros que se escapan de aventuras. Conforme me acerco al lugar, veo en las sombras algún gato que asoma extrañado por mi presencia allí a esa hora. Están demasiado tranquilos. Luna no ha pasado por aquí. De haberlo hecho, no estarían haciendo vida normal. Si Luna hubiera pasado por aquí, algunos se habrían escondido y otros se hubrian largado. Pero están haciendo vida normal. Uno hasta está comiendo algo en la acera.
La hipótesis de una Luna aventurera persiguiendo gatos me convence más que la de una Luna desorientada. Eso me hace tomar la decisión de dirigirme a otro lugar “gatuno”. Está más lejos de casa pero si Luna buscaba “bronca”, este lugar es una apuesta segura. Ahí sí viven varios gatos y Luna lo sabe porque pasamos a diario. Esa guarida es un local abandonado que hace esquina, y normalmente hacen vida dentro del local. Solo los ves entrar y salir. Alguna vez, si el tiempo y las circunstancias lo permiten, alguno toma el sol en la puerta. Pero es muy raro. Mientras pienso todo esto ya casi he llegado al lugar. A lo lejos veo la puerta del local vacía, y no parece estar muy alterado el ambiente en la guarida. Nada me hace pensar que Luna haya estado aquí.
Vuelvo a casa. Rudy debe estar preocupado y extrañado por todo lo que está pasando y por cómo me estoy comportando, así que lo mejor será que me acompañe.
Salimos de nuevo en dirección al camino, y se me ocurre colocar a Timmy, el juguete de Luna que en su día simulaba ser una ardilla, en la puerta del jardín, dejando ésta entreabierta. Lo coloco de modo que cuando Luna lo coja la puerta se abra.
Volvemos Rudy y yo al camino, donde le perdimos la pista hace ya un buen rato. No quiero ni mirar el reloj para no saber cuánto rato ha pasado. Sigo iluminando con la luz todos los rincones y escrutando cada sombra. Nada.
Llegamos al final y volvemos por la playa. Rudy corretea alegre por la arena, ajeno a mi preocupación.
De vuelta en casa y el muñeco sigue en la puerta. Luna no ha pasado por aquí. Entramos en casa y decido replantearme la situación. Debe ser tarde y en algún momento tendré que irme a dormir. Pero me niego a dormir sin encontrar a Luna.
Decido hacer un último intento a lo grande. Bajo al garaje, cojo la bici y me dispongo a recorrer Cunit. Si Luna no está conmigo, he de asegurarme que no está en la calle.
Esta vez es distinto. No tengo la sensación de que vaya a dar con ella, y los ánimos que me insufló la estrella fugaz hace ya rato que se desvanecieron, dejando paso, una vez más, a la decepción .Voy a recorrer las calles de Cunit con la esperanza de no encontrarla. Solo pensar en ello me sienta fatal y un sudor frío, acompañado de una sensación macabra, me recorre de arriba abajo.
¿Y si está herida? Si no ha vuelto es que le ha pasado algo. ¿Y si la han atropellado? ¿Y si se ha enzarzado en una pelea con gatos y ha quedado malherida?
Muchas, demasiadas ideas fatales se agolpan en mi cabeza.
Luna, ¿dónde coño estás?

4. La esperanza.
Otra vez en casa. Cada vez que vuelvo me siento peor. En las calles no hay ni rastro de Luna. Eso me tranquiliza por un lado, y por otro me inquieta.
Rudy me recibe contento y en sus ojos veo mi angustia. Creo que intenta animarme. Nos sentamos en el sofá. Estoy derrotado, pero no por el cansancio, sino por el dolor, la decepción, la rabia y el malestar conmigo mismo. ¿Cómo me ha podido pasar semejante cosa? Un descuido, unos segundos bastaron para… no quiero seguir pensando en el eso. Solo me lleva a sentirme peor. Miro el móvil. Son más de las 12 de la noche. Luna lleva mucho rato sola ahí fuera. Pero si estuviera ahí fuera, más tarde o más temprano, habría vuelto… lo cual me lleva a pensar que Luna no está ahí fuera.
De golpe, visualizo a Luna frente a una puerta desconocida, encerrada, intentando salir.
¡Eso es! ¡Quizá no ha vuelto porque no ha podido! ¡Quizá alguien se lo ha impedido! Pero ¿quién?
Con el móvil aun en la mano entro en el navegador y busco el teléfono de la policía municipal. Es mi última baza: avisar a la policía y si alguien da con Luna o la ve, que me informen enseguida.
Rápidamente aparece un número de teléfono en la pantalla de mi móvil y llamo. Una amable voz de señora me dice que “ese número no corresponde a ningún cliente” y yo me cago en la familia de esa señora y de los que han puesto el número de la policía mal en Internet. Vuelvo a llamar con la esperanza de que la señorita haya reflexionado acerca del asunto pero no, sigue en sus trece.
Busco en otra página y encuentro otro número de teléfono de la policía local. Llamo y sí, este es correcto. Me responde una voz masculina. Tras identificarme, le expongo la situación lo más brevemente que puedo y cuando termino, noto que el tono del agente es más amable y más cercano que cuando me respondió. Probablemente debido a mi preocupación. El agente me dice que le describa a Luna y yo paso a hacerle una descripción lo más detallada que puedo.
Pues ha estado aquí con nosotros en la garita hasta hace diez minutos. Creo que nunca olvidaré esa frase. Fue como si me quitasen un traje pesadísimo de tristeza, malestar y cansancio. De repente recobré toda la energía y me levanté del sofá dispuesto a todo.
Tras una conversación excesivamente larga para mi estado de alteración (resultó que el policía conocía a mi abuelo de toda la vida y charlamos amistosamente unos larguísimos minutos) consigo otro número de teléfono: el encargado de la perrera municipal. Se la han llevado unos minutos antes de que yo llamara.

5. El rescate.
Marco manualmente el número de teléfono que me ha dado el policía y me contesta una chica que me dice que no sabe de lo que le hablo. El sonido de fondo es de mucho ruido y fiesta así que la versión cuadra. Vuelvo a llamar a la policía local y me responde de nuevo el mismo agente. Me da otro número de teléfono ya que el primero lo había anotado mal. Llamo al nuevo número y no me lo coge nadie. Insisto varias veces sin resultado. Es muy tarde, casi la 1 de la madrugada. El encargado de la perrera se habrá ido a dormir ya.
Con la tranquilidad por fin de saber dónde está Luna, envío un mensaje al número exponiendo la situación en la que me encontraba.
Pasados un par de minutos recibo una llamada al móvil. Es del número que me había dado el policía y al contestar, oigo la voz familiar de una chica. Es la encargada de la protectora de animales. Resulta que al final de todo he ido a dar con una persona amiga que me conoce y conoce también a Luna. Es muy tarde pero ni ella quiere que Luna pase la noche en la prote ni a mi me gusta la idea de dormir sin Luna aún sabiendo dónde está y que está bien.

(Media hora después de la conversación telefónica con la encargada de la prote).

No sé donde estoy pero no me gusta este lugar. Es de noche y hace frío. No sé cuánto rato llevo aquí, pero no quiero quedarme más. ¡Quiero salir! Quiero volver a casa…

No sé cuántos perros más debe haber aquí. A mi lado hay varios. Todos están encerrados como yo. ¿Se habrán perdido también? Seguro que les ha engañado la misma señora que a mí. ¡Maldita sea! ¿Cómo me dejé engañar? Parecía amable pero acabó llevándome a un sitio que olía raro, donde todas las personas vestían igual. Me dieron agua y me dejaron estar un rato con ellos para luego dejarme con el señor que me ha traído aquí y se ha ido.
No entiendo nada. Estoy muy cansada, echaré una cabezada.
El sonido de un motor acercándose me despierta. Conozco ese motor. Conozco ese coche. Creo que es nuestro coche.
¡Seguro que son ellos que vienen a sacarme de aquí! ¡Sí, es él! No veo a Rudy, quizá esté esperando en el coche.
Ha abierto la puerta con facilidad, pero creo que no me ha visto. Se dirige a otro lugar, abre otra puerta y entra en una estancia donde ya no le veo. Le oigo saludar en voz baja a alguien. A varios. Quizá tiene algún amigo o conocido aquí y ha ido a saludarle. Ya sale. Pero sigue sin verme. Se dirige a otra puerta, esta le está costando abrirla. ¡Qué torpe es! Está tardando mucho en sacarme de aquí.
Me llama pero no me ve. De hecho seguro que me llama porque no me ve, como es habitual. ¡Pero está frente a mí! Apenas unos pasos nos separan… seguro que si Rudy se hubiera bajado del coche me hubiera encontrado antes, pero al fin creo que me ha visto. ¡Sí! ¡Me ha visto!
Tarda unos minutos en desestimar todas las llaves que no abren mi puerta para finalmente encontrar la llave correcta. ¡Por fin! ¡Otra vez juntos! ¡Sabía que me sacaríais de aquí!

De vuelta en casa. Son casi las dos de la madrugada y estoy agotado. Pero el esfuerzo ha merecido la pena. La sensación con la que me voy a dormir es indescriptible y los kilómetros recorridos a pie y en bici parece que fueron hace una eternidad.
Tras una pequeña sesión de acicalamiento Luna está lista para volver a la normalidad. Los pinchos enredados en sus orejas y patas no debieron facilitarle mucho las cosas en su aventura.
Nos vamos a la cama, por fin, los tres juntos, y así ponemos fin a lo que para mí ha sido, sin duda, la noche más larga que he vivido en mucho tiempo.